
Tania Bernal
Advertencia de Privacidad
Uno tras otro desgastamos nuestros días coleccionando tiempos muertos, siempre on-line.
Aceptamos todas las políticas de cookies, una palabra que nos suena riquísimo. El eufemismo más tierno de nuestra era digital. Damos clic casi con desesperación en el «botón» de aceptar, sin tomarnos la molestia de leer las políticas de tratamiento de datos y sin pensar quiénes serán esos terceros a quienes llegan nuestros datos.
Atravesamos el mar cotidiano de información navegando día y noche, día y noche en un soliloquio eterno: toma lo que sea necesario pero déjame navegar en paz. Déjame pasar tiempo conectado, lo necesito para trabajar, para mantenerme informado, para hablar con otras personas, para existir.

Somos felices entregando como borregos nuestra información personal, haciendo público lo privado que, si acaso existe, ya no le importa a nadie.
Vivimos la era de la invasión a la vida privada; como el paisaje, lo naturalizamos, lo hicimos propio.

Llegamos al punto en que «la vigilancia se considera ahora un mal necesario que protege al inocente de abusos, delitos y terrorismo.
La vigilancia ha dejado de ser una mera tecnología de control militar y policial para convertirse en una forma de entretenimiento».